—Y allí —prosiguió otra voz—, quedaríais prisionero. Daríais con alguna gran guardia de línea o de los suburbios; vigilarán a un hombre que pasa con blusa y gorra. «¿De dónde venís? ¿No pertenecéis a la barricada?». Y os mirarán las manos. Oléis a pólvora. Fusilado.
Enjolras, sin responder nada, tocó el hombro de Combeferre, y ambos entraron en la taberna.
Salieron de allí un instante después.
Enjolras llevaba en las manos extendidas los cuatro uniformes que se había quitado. Combeferre le seguía, cargando con los tahalíes y los chacós.
—Con este uniforme —dijo Enjolras—, podéis mezclaros con las filas y escapar; aquí hay suficiente para cuatro. Y arrojó al suelo, desprovisto de su pavimento, los cuatro uniformes.
No hubo vacilación en su estoico auditorio. Combeferre tomó la palabra.
—Vamos —dijo él—, debéis tener un poco de piedad. ¿Sabéis de qué se trata aquí? Se trata de mujeres. Mirad. ¿Hay mujeres o no hay mujeres? ¿Hay niños o no hay niños? ¿Hay madres, sí o no, que mecen las cunas con el pie y que tienen un montón de pequeños a su alrededor? ¡Que levante la mano aquel de vosotros que nunca haya contemplado el pecho de una nodriza! Ah, vosotros queréis haceros matar, y yo también; yo, que os hablo; pero no quiero sentir los fantasmas de las mujeres envolviéndome con sus brazos. Morid si queréis, pero no hagáis morir a los demás. Los suicidios como el que está a punto de cumplirse aquí son sublimes; pero el suicidio es estrecho y no admite ampliación; y en cuanto roza a vuestro prójimo, el suicidio es asesinato. Pensad en las cabecitas frentes rubias; pensad en las canas. Escuchad, Enjolras acaba de decirme que ha visto en la esquina de la calle du Cygne una ventana iluminada, una vela en una triste ventana, en un quinto piso, y sobre los cristales la sombra temblorosa de la cabeza de una