conjunto. En ciertos momentos, aquella frente pura y aquella sonrisa voluptuosa ofrecían un contraste singular. Sus ojos eran pequeños, pero su mirada era amplia.
En la época de su miseria más abyecta, había observado que las jóvenes se volvían a mirarlo cuando pasaba, y él huía o se escondía con la muerte en el alma. Pensaba que lo miraban por causa de su ropa vieja y que se reían de ella; el hecho es que lo miraban a causa de su gracia y que soñaban con él.
Este mudo malentendido entre él y las bonitas transeúntes lo había vuelto tímido. No elegía a ninguna por la excelente razón de que huía de todas ellas. Vivía así indefinidamente—estúpidamente, como decía Courfeyrac.
Courfeyrac le dijo también: «No aspires a ser venerable» [se tutearán; es propio de las amistades juveniles deslizarse hacia este trato]. «Déjate dar un consejo, querido mío. No leas tantos libros y mira un poco más a las mozas. Las bribonas tienen algo bueno, ¡oh, Marius! De tanto huir y ruborizarte, te vas a abrutecer».
En otras ocasiones, Courfeyrac lo encontraba y le decía:—¡Buenos días, señor abate!
Cuando Courfeyrac le había dirigido alguna observación de esta naturaleza, Marius evitaba a las mujeres, tanto jóvenes como ancianas, más que nunca durante la semana siguiente, y además evitaba a Courfeyrac.
Sin embargo, existían en toda la inmensidad de la creación dos mujeres de quienes Mario no huía y a quienes no prestaba la menor atención. En verdad, se habría quedado muy asombrado si le hubiesen informado de que eran mujeres.