por él. Larguémonos. A cada minuto creo que un gendarme me tiene cogido del pescuezo.
Montparnasse ya solo oponía una débil resistencia; el caso es que aquellos cuatro hombres, con la fidelidad de bandidos que jamás se abandonan, habían merodeado toda la noche por los alrededores de La Force, a pesar del enorme peligro, con la esperanza de ver aparecer a Thénardier en lo alto de algún muro.
Pero la noche, que empezaba a ponerse demasiado hermosa —pues el aguacero era tal que dejaba todas las calles desiertas—, el frío que los anonadaba, sus ropas empapadas, sus zapatos llenos de agujeros, el alarmante ruido que acababa de estallar en la prisión, las horas transcurridas, la patrulla con la que se habían topado, la esperanza que se desvanecía, todo los urgía a batir en retirada.
El propio Montparnasse, que era, tal vez, poco menos que el yerno de Thénardier, cedió. Un momento más, y se habrían marchado.
Thénardier jadeaba sobre su muro como los náufragos de La Medusa sobre su balsa cuando ven esfumarse en el horizonte el barco que había aparecido a lo lejos.
No se atrevió a llamarlos; un grito podía ser oído y arruinarlo todo. Se le ocurrió una idea, una última idea, un destello de inspiración; sacó del bolsillo el trozo de la cuerda de Brujon, que había desatado de la chimenea del Edificio Nuevo, y lo arrojó al espacio cercado por la valla.
Esta cuerda cayó a sus pies.
—Una viuda —dijo Babet.
—¡Mi tortuga! —dijo Brujon.
—El tabernero está allí —dijo Montparnasse.