Por nuestra parte, preferimos el martirio al éxito. John Brown es más grande que Washington, y Pisacane es más grande que Garibaldi.
Sin duda es necesario que alguien tome partido por los vencidos.
Somos injustos con estos grandes hombres que intentan el futuro, cuando fracasan.
Se acusa a los revolucionarios de sembrar el miedo en el extranjero. Cada barricada parece un crimen. Sus teorías son incriminadas, su fin sospechado, su móvil oculto es temido, su conciencia denunciada.
Se les reprocha levantar, erigir y amontonar, contra el estado social reinante, una masa de miserias, de pesares, de iniquidades, de agravios, de desesperaciones, y arrancar de las simas más profundas bloques de sombra para fortificarse allí y combatir.
Se les grita: «¡Estáis arrancando los adoquines del infierno!».
Ellos podrían responder: «Eso es porque nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».
Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.
En suma, convengamos en que, al contemplar el pavimento, pensamos en el oso, y es una buena voluntad la que inquieta a la sociedad.
Pero de la propia sociedad depende salvarse, es a su propia buena voluntad a la que apelamos.
No es necesario ningún remedio violento.
Estudiar el mal amablemente, probar su existencia y luego curarlo. A esto es a lo que la invitamos.
Sea como fuere, aun caídos, sobre todo caídos, estos hombres que en todos los puntos del universo, con los ojos fijos en Francia, tienden a la