tiempo, salía poco a poco de la estrecha forma del dogma y se había dejado inclinar por la influencia ensanchadora del progreso, y había llegado a aceptar, como una evolución definitiva y magnífica, la transformación de la gran República francesa en la inmensa república humana. En lo que tocaba a los medios inmediatos, dada una situación violenta, quería ser violento; en ese punto nunca variaba; y seguía perteneciendo a aquella escuela épica y temible que se resume en las palabras: «Ochenta y tres». Enjolras estaba de pie y erguido sobre la escalinata de adoquines, con un codo apoyado en la culata de su fusil. Estaba sumido en sus pensamientos; se estremecía, como ante el paso de soplos proféticos; los lugares donde está la muerte tienen esos efectos de trípodes. Una especie de fuego ahogado brotaba de sus ojos, que estaban llenos de una mirada interior. De repente echó la cabeza hacia atrás, sus guedejas rubias cayeron como las de un ángel sobre la sombrilla cuádriga hecha de estrellas, eran como la melena de un león sobresaltado en el fulgor de una aureola, y Enjolras exclamó:
“Ciudadanos, ¿os figuráis el porvenir? * Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, naciones hermanas, hombres justos, ancianos bendiciendo a los niños, el pasado amando al presente, pensadores en plena libertad, creyentes en pie de absoluta igualdad, por religión el cielo, Dios como sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, no más odios, la fraternidad del taller y de la escuela, por única pena y recompensa la gloria, trabajo para todos, derecho para todos, paz sobre todo, no más efusiones de sangre, no más guerras, ¡madres felices! Conquistar la materia es el primer paso; realizar el ideal es el segundo. Reflexionad sobre lo que el progreso ya ha llevado a cabo. Antaño,