Cosette tenía a Marius, Marius poseía a Cosette. Lo tenían todo, incluso la riqueza. Y esto era obra suya.
Pero ¿qué iba a hacer él, Jean Valjean, con esta felicidad, ahora que existía, ahora que estaba ahí?
- ¿Debía imponerse a esta felicidad?
- ¿Debía tratarla como si le perteneciera?
- Sin duda, Cosette pertenecía a otro; mas ¿debía él, Jean Valjean, conservar de Cosette todo lo que pudiera conservar?
- ¿Debía seguir siendo la suerte de padre, apenas visto pero respetado, que hasta entonces había sido?
- ¿Debía, sin decir una palabra, aportar su pasado a ese porvenir?
- ¿Debía presentarse allí como si tuviera derecho, y debía sentarse, velado, junto a ese luminoso hogar?
- ¿Debía tomar esas manos inocentes entre sus manos trágicas, con una sonrisa?
- ¿Debía colocar sobre el apacible guardafuegos del salón Gillenormand esos pies suyos, que arrastraban tras de sí la vergonzosa sombra de la ley?
- ¿Debía entrar a participar en las hermosas fortunas de Cosette y Marius?
- ¿Debía volver aún más densa la oscuridad de su frente y la nube sobre las de ellos?
- ¿Debía colocar su catástrofe como un tercer asociado en su felicidad?
- ¿Debía continuar guardando silencio?
- En una palabra, ¿debía ser el sordo y siniestro mudo del destino al lado de estos dos seres felices?
Debemos de habernos habituado a la fatalidad y a los encuentros con ella, para tener la audacia de levantar los ojos cuando ciertas preguntas se nos aparecen en toda su horrible desnudez.