aprendía la polarización de la luz de Arago, se entusiasmaba con una lección en la que Geoffroy Sainte-Hilaire explicaba la doble función de la arteria carótida externa y de la interna, la que hace el rostro y la que hace el cerebro; se mantenía al tanto de lo que pasaba, seguía la ciencia paso a paso, comparaba a Saint-Simon con Fourier, descifraba jeroglíficos, rompía el guijarro que encontraba y razonaba sobre geología, dibujaba de memoria una mariposa del gusano de seda, señalaba el francés defectuoso en el Diccionario de la Academia, estudiaba a Puységur y a Deleuze, no afirmaba nada, ni siquiera los milagros; no negaba nada, ni siquiera los fantasmas; hojeaba los archivos del Moniteur, reflexionaba. Declaraba que el porvenir está en manos del maestro de escuela y se ocupaba de las cuestiones educativas. Deseaba que la sociedad trabajara sin descanso en la elevación del nivel moral e intelectual, en acuñar la ciencia, en poner las ideas en circulación, en acrecentar la mente en las personas jóvenes, y temía que la actual pobreza de método, la mezquindad desde el punto de vista literario circunscrita a dos o tres siglos llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales, los prejuicios escolásticos y las rutinas acabaran por convertir nuestros colegios en criaderos de ostras artificiales. Era erudito, purista, exacto, graduado de la Politécnica, estudioso concienzudo y, al mismo tiempo, pensativo “hasta las quimeras”, según decían sus amigos. Creía en todos los sueños, los ferrocarriles, la supresión del sufrimiento en las operaciones quirúrgicas, la fijación de imágenes en la cámara oscura, el telégrafo eléctrico, la dirección de los globos aerostáticos. Por lo demás, no se alarmaba mucho por las ciudadelas erigidas contra la mente humana en todas direcciones, por la superstición, el despotismo y el prejuicio. Era de los que piensan que la ciencia terminará por flanquear la posición. Enjolras era un jefe, Combeferre era un guía. A uno le habría gustado combatir bajo el primero y marchar detrás del segundo. No es que Combeferre no fuera capaz de luchar, no rehuía el combate cuerpo a cuerpo con el obstáculo y atacarlo a viva fuerza y de forma explosiva; pero le convenía más poner al género humano de acuerdo con su destino gradualmente, por medio
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Libro IV. Los Amigos de la A.B.C.
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