Corazones profundos, mentes sabias, tomad la vida tal como Dios la ha hecho; es una larga prueba, una preparación incomprensible para un destino desconocido.
Este destino, el verdadero, comienza para un hombre con el primer paso dentro de la tumba. Entonces algo se le aparece, y empieza a distinguir lo definitivo. Lo definitivo, meditad en esa palabra. Los vivos perciben el infinito; lo definitivo se deja ver únicamente por los muertos.
Mientras tanto, amad y sufrid, esperad y contemplad. ¡Ay, ay!, de aquel que solo haya amado cuerpos, formas, apariencias. La muerte se lo arrebatará todo. Intentad amar las almas, las volveréis a encontrar.
Encontré en la calle a un joven muy pobre que estaba enamorado. Su sombrero era viejo, su abrigo estaba gastado, sus coderas tenían agujeros; el agua se filtraba por sus zapatos, y las estrellas por su alma.
¡Qué gran cosa es ser amado! ¡Qué cosa mucho más grande es amar!
El corazón se vuelve heroico a fuerza de pasión. Ya no está compuesto de otra cosa que de lo puro; ya no descansa en nada que no sea elevado y grande. Un pensamiento indigno no puede germinar en él más que una ortiga en un glaciar.
El alma serena y excelsa, inaccesible a las pasiones y emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de este mundo, sus locuras, sus mentiras, sus odios, sus vanidades, sus miserias, habita el azul del cielo y ya no siente otra cosa que los profundos y subterráneos sacudimientos del destino, como las cumbres de las montañas sienten los sacudimientos del terremoto.
Si no existiera alguien que amase, el sol se extinguiría.