“Fantine, Dahlia, Zéphine y Favorite llevan casi un año tomándonos el pelo para que les demos una sorpresa. Se lo hemos prometido solemnemente. No paran de hablarnos de ello, a mí en particular; tal como las viejas de Nápoles le gritan a san Jenaro: ‘Faccia gialluta, fa o miracolo, cara amarilla, haz tu milagro’, así nuestras bellas me dicen incesantemente: ‘Tholomyès, ¿cuándo nos traerás tu sorpresa?’. Al mismo tiempo nuestros padres no dejan de escribirnos. Presión por ambas partes. El momento ha llegado, me parece a mí; examinemos la cuestión”.
A continuación, Tholomyès bajó la voz y articuló algo tan jocoso, que una vasta y entusiasta sonrisa estalló simultáneamente en las cuatro bocas, y Blachevelle exclamó: «Eso es una idea».
Se presentó una taberna ahumada; entraron, y el resto de su coloquio confidencial se perdió en la penumbra.
El resultado de estos matices fue una deslumbrante fiesta de placer que tuvo lugar el domingo siguiente, en la cual los cuatro jóvenes invitaron a las cuatro muchachas.
III
Cuatro y cuatro
Hoy en día resulta difícil imaginarse cómo era una excursión campestre de estudiantes y grisettes hace cuarenta y cinco años.
Los suburbios de París ya no son los mismos; la fisonomía de lo que puede llamarse vida circunparisiense ha cambiado por completo en el último medio siglo; donde estaba el coche de alquiler, está el vagón de ferrocarril; donde había una barca a vapor, ahora hay un vapor; hoy se habla de Fécamp como se hablaba de Saint-Cloud en aquellos tiempos.
El París de 1862 es una ciudad que tiene a Francia por arrabales.