II
El convento como hecho histórico
Desde el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, el monacato está condenado.
Los monasterios, cuando abundan en una nación, son trabas en su circulación, establecimientos pesados, centros de ociosidad donde deberían existir centros de trabajo.
Las comunidades monásticas son a la gran comunidad social lo que el muérdago es al roble, lo que la verruga es al cuerpo humano. Su prosperidad y su gordura significan el empobrecimiento del país.
El régimen monástico, bueno al principio de la civilización, útil en la reducción de lo brutal por lo espiritual, es malo cuando los pueblos han alcanzado su edad adulta. Además, cuando se relaja, y cuando entra en su período de desorden, se vuelve malo por las mismas razones que lo hicieron salubre en su período de pureza, porque sigue dando el ejemplo.
La claustración ha pasado de moda.
Los claustros, útiles en la primera educación de la civilización moderna, han estorbado su crecimiento y son perjudiciales para su desarrollo.
En lo que se refiere a la institución y formación en relación con el hombre, los monasterios, que fueron buenos en el siglo décimo, discutibles en el quince, son detestables en el diecinueve.
La lepra del monacato ha roído casi hasta dejar en los huesos a dos naciones maravillosas, Italia y España; la una luz, la otra esplendor de Europa durante siglos; y, en la actualidad, estos dos pueblos ilustres apenas están empezando a convalecer, gracias única y exclusivamente a la sana y vigorosa higiene de 1789.