Las prioras y las madres llevan casi siempre nombres marcados por una solemnidad peculiar, que evocan, no a los santos y mártires, sino a momentos de la vida de Jesucristo: como madre Natividad, madre Concepción, madre Presentación, madre Pasión. Pero los nombres de los santos no están prohibidos.
Cuando uno los ve, nunca ve otra cosa que sus bocas.
Todos sus dientes son amarillos.
Ningún cepillo de dientes pisó jamás ese convento.
Cepillarse los dientes está en el peldaño más alto de una escalera en cuyo fondo se encuentra la pérdida del alma.
Jamás dicen «mi». No poseen nada propio y no deben apegarse a nada. Todo lo llaman «nuestro»; por ejemplo: nuestro velo, nuestro rosario; si hablaran de su camisa, dirían «nuestra camisa».
A veces se apegan a algún objeto insignificante —a un libro de horas, a una reliquia, a una medalla bendecida—. En cuanto se dan cuenta de que se están apegando a ese objeto, deben renunciar a él.
Recuerdan las palabras de santa Teresa, a quien una gran señora le dijo, estando a punto de ingresar en su orden: «Permítame, madre, mandar a buscar una Biblia a la que estoy muy apego».
«¡Ah, está usted apegada a algo! En ese caso, ¡no entre en nuestra orden!».
A ninguna persona le está permitido encerrarse, tener “un lugar propio, una celda”. Viven con las celdas abiertas. Cuando se encuentran, una dice: «¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!». La otra responde: «Por siempre».