llevó a cabo lo que hemos relatado, logró ponerse a salvo de ser apresado e inalcanzable, y, desde entonces, establecido en Montreuil-sur-Mer, feliz al sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia desmentida por la última, vivió en paz, tranquilo y esperanzado, sin tener en adelante más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar su vida; huir de los hombres y volver a Dios.
Estos dos pensamientos estaban tan estrechamente entrelazados en su espíritu que no formaban allí más que uno solo; ambos eran igualmente absorbentes e imperativos y regían sus más mínimos actos. En general, se conchababan para regular la conducta de su vida; lo inclinaban hacia la melancolía; lo volvían bondadoso y sencillo; le aconsejaban las mismas cosas. A veces, sin embargo, entraban en conflicto. En tal caso, como el lector recordará, el hombre a quien toda la región de Montreuil-sur-Mer llamaba señor Madeleine no dudaba en sacrificar el primero al segundo: su seguridad a su virtud. Así, a pesar de toda su reserva y de toda su prudencia, había conservado los candelabros del obispo, le había guardado luto, había convocado e interrogado a todos los saboyanos que pasaban por allí, había reunido información sobre las familias de Faverolles y había salvado la vida al viejo Fauchelevent, a pesar de las inquietantes insinuaciones de Javert. Parecía, como ya hemos señalado, que pensaba, siguiendo el ejemplo de todos los sabios, santos y justos, que su primer deber no era para consigo mismo.
Al mismo tiempo, hay que confesar que nada semejante se había presentado todavía.
Jamás las dos ideas que regían al infeliz cuyas desventuras estamos narrando se habían enfrascado en un combate tan grave. Lo comprendió de manera confusa pero profunda desde las primeras palabras pronunciadas por Javert, cuando este último entró en su despacho. En el momento en que aquel nombre, que había sepultado bajo tantas capas, fue articulado de manera tan extraña, quedó