héroe, y admiraba más un libro como Job que un acontecimiento como Marengo. Y luego, cuando, tras un día pasado en la meditación, regresaba por la noche a través de los bulevares, y vislumbraba entre las ramas de los árboles el espacio insondable de más allá, los destellos sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, todo aquello que es puramente humano le parecía en
Él creía que había llegado, y en realidad había llegado de hecho, a la verdad de la vida y de la filosofía humana, y había terminado por no contemplar otra cosa que el cielo, lo único que la Verdad puede percibir desde el fondo de su pozo.
Esto no le impedía multiplicar sus planes, sus combinaciones, sus andamiajes, sus proyectos para el porvenir.
En este estado de ensoñación, un ojo que hubiese podido echar una ojeada al interior de Marius se habría deslumbrado con la pureza de aquella alma. De hecho, si nos fuera dado a nuestros ojos de carne contemplar las conciencias de los demás, podríamos juzgar a un hombre mucho más con seguridad según lo que sueña que según lo que piensa.
Hay voluntad en el pensamiento, no la hay en los sueños. La ensoñación, que es totalmente espontánea, toma y conserva, aun en lo gigantesco y lo ideal, la forma de nuestro espíritu. Nada procede más directa y sinceramente de lo más profundo de nuestra alma que nuestras aspiraciones no premeditadas y sin límites hacia los esplendores del destino.
En estas aspiraciones, mucho más que en las ideas deliberadas, racionales y coordinadas, se halla el verdadero carácter de un hombre. Nuestras quimeras son las cosas que más se nos parecen. Cada uno de nosotros sueña con lo desconocido y lo imposible de acuerdo con su naturaleza.