II
El desconcierto de la felicidad perfecta
Existían vagamente, asustados de su felicidad. No advirtieron el cólera que diezmaba París precisamente durante ese mismo mes.
Se habían confidenciado mutuamente tanto como les fue posible, pero esto no había ido mucho más allá de sus nombres. Marius le había dicho a Cosette que era huérfano, que se llamaba Marius Pontmercy, que era abogado, que vivía escribiendo cosas para editores, que su padre había sido coronel, que este último había sido un héroe, y que él, Marius, estaba reñido con su abuelo, que era rico. También había dejado entrever que era barón, pero esto no había producido ningún efecto en Cosette. Ella no sabía el significado de la palabra. Marius era Marius.
Por su parte, ella le había confiado que se había criado en el convento del Petit-Picpus, que su madre, al igual que la de él, había muerto, que su padre se llamaba señor Fauchelevent, que era muy bueno, que daba mucho a los pobres, pero que él mismo era pobre, y que se privaba de todo aunque a ella no le negaba nada.
Extraño es decirlo, en la suerte de sinfonía que Marius había estado viviendo desde que tenía la costumbre de ver a Cosette, el pasado, aun el pasado más reciente, se le había vuelto tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba lo satisfacía por completo. Ni siquiera se le ocurrió hablarle de la aventura nocturna en el tugurio, de Thénardier, de la quemadura, y de la extraña actitud y la singular huida de su padre. Marius había olvidado momentáneamente todo