Todas aquellas iniciativas diversas reclamaban su atención al mismo tiempo y lo zarandeaban. Los movimientos tumultuosos de aquellas mentes libres y laboriosas hacían girar sus ideas vertiginosamente. A veces, en su zozobra, se alejaban tanto de él que le costaba mucho volver a encontrarlas. Les oía hablar de filosofía, de literatura, de arte, de historia, de religión, de un modo inesperado. Divisaba aspectos extraños; y, como no los situaba en la perspectiva adecuada, no estaba del todo seguro de que aquello que abarcaba no fuese el caos. Al abandonar las opiniones de su abuelo por las opiniones de su padre, había creído que ya estaba firme; ahora sospechaba, con inquietud y sin atreverse a confesárselo a lo interno, que no era así. El ángulo desde el cual lo veía todo empezaba a desplazarse de nuevo. Una cierta oscilación ponía en movimiento todos los horizontes de su cerebro. Un extraño trastorno interior. Casi sufría a causa de ello.
Parecía como si no hubiera «cosas consagradas» para aquellos jóvenes. Marius oyó proposiciones singulares sobre toda clase de temas, que turbaban su mente aún tímida.
Se presentó un cartel de teatro, adornado con el título de una tragedia del repertorio antiguo llamado clásico: —¡Abajo la tragedia cara a los burgueses! —exclamó Bahorel. Y Marius oyó que Combeferre respondía:—
—Te equivocas, Bahorel. A la burguesía le apasiona la tragedia, y hay que dejar en paz a la burguesía en ese aspecto. La tragedia peluca tiene su razón de ser, y no soy de los que, por orden de Esquilo, le niegan el derecho a la existencia. Hay bocetos toscos en la naturaleza; hay, en la creación, parodias prefabricadas; un pico que no es un pico, unas alas que no son alas, unas