VII
Aventuras de la letra U entregadas a las conjeturas
El aislamiento, el desprendimiento de todo, el orgullo, la independencia, el gusto por la naturaleza, la ausencia de actividad cotidiana y material, la vida interior, los combates secretos de la castidad, un éxtasis benévolo hacia toda la creación, habían preparado a Marius para esa posesión que se llama pasión.
Su culto al padre se había convertido poco a poco en una religión y, como todas las religiones, se había retirado a las profundidades de su alma. Se necesitaba algo en primer plano. El amor llegó.
Transcurrió un mes entero, durante el cual Marius iba todos los días al Luxemburgo. Cuando llegaba la hora, nada podía retenerlo.—«Está de servicio», decía Courfeyrac. Marius vivía en estado de delicia. Es seguro que la joven sí lo miraba.
Él por fin se había envalentonado y se había acercado al banco. Aun así, ya no pasaba por delante de este, obedeciendo al instinto de timidez y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Consideraba preferible no llamar «la atención del padre». Combinaba sus puestos tras los árboles y los pedestales de las estatuas con una profunda diplomacia, de modo que la jovencita lo viera lo más posible y el viejo caballero lo viera lo menos posible. A veces, permanecía inmóvil durante media hora seguida a la sombra de un Leónidas o un Espartaco, sosteniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, levemente alzados, buscaban a la hermosa