¡Cuántas veces aquella conciencia, loca por el bien, lo había abrazado y derribado! ¡Cuántas veces la verdad había puesto su rodilla implacable sobre su pecho! ¡Cuántas veces, arrojado a tierra por la luz, había pedido clemencia! ¡Cuántas veces aquella chispa implacable, encendida en su interior y sobre él por el obispo, lo había deslumbrado a la fuerza cuando él había querido estar ciego! ¡Cuántas veces se había puesto en pie en el combate, aferrado a la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado por el polvo, ora venciendo a su conciencia, ora derribado por ella! ¡Cuántas veces, tras un equívoco, tras el raciocinio especioso y traicionero del egoísmo, había escuchado a su irritada conciencia gritarle al oído: «¡Un traspié, miserable!»! ¡Cuántas veces sus pensamientos refractarios se habían agitado convulsivamente en su garganta bajo la evidencia del deber! Resistencia a Dios. Sudores fúnebres. ¡Qué heridas secretas, que él solo sentía sangrar! ¡Qué excoriaciones en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado sangrante, magullado, destrozado, iluminado, con la desesperación en el corazón y la serenidad en el alma! Y, vencido, se había sentido vencedor. Y, después de haber dislocado, roto y desgarrado su conciencia con tenazas al rojo vivo, ella le había dicho, irguiéndose sobre él, formidable, luminosa y tranquila: «¡Ahora ve en paz!».
Pero al salir de tan melancólico combate, ¡qué lúgubre paz, ay!, Dios mío.
Sin embargo, aquella noche Jean Valjean sintió que estaba librando su último combate.