chiquillos con zuecos de madera, era sin duda un sujeto magnífico, y de quien debía temerse.
Pasaron muchas horas. La misa de medianoche había terminado, las campanas habían cesado, los bebedores se habían marchado, la taberna estaba cerrada, la sala común desierta, el fuego apagado, el desconocido seguía en el mismo lugar y con la misma actitud.
De vez en vez cambiaba el codo en el que se apoyaba. Eso era todo; pero no había vuelto a decir una sola palabra desde que Cosette había salido de la estancia.
Los Thénardier solos, por cortesía y curiosidad, se habían quedado en la habitación.
—¿Va a pasar la noche de ese modo? —gruñó la Thénardier.
Cuando dieron las dos de la madrugada, se declaró vencida y dijo a su marido: —Me voy a la cama. Haz lo que quieras.
Su marido se sentó a una mesa en un rincón, encendió una vela y se puso a leer el Courrier Français.
Así pasó una buena hora. El digno posadero había hojeado el Courrier Français al menos tres veces, desde la fecha del número hasta el nombre del impresor. El desconocido no se movió.
Thénardier se movió, tosuió, escupió, se sonó la nariz y rechinó la silla. Ni un solo movimiento por parte del hombre. —¿Estará dormido? —pensó Thénardier. El hombre no estaba dormido, pero nada lograba despertarlo.
Al fin Thénardier se quitó la gorra, se le acercó con suavidad y se atrevió a decirle:—
“¿No va Monsieur a su descanso?”