también luchará. Estas dos solas infundirán terror en el corazón del arrabal. Camaradas, derrocarémonos al gobierno tan cierto como que hay quince ácidos intermediarios entre el ácido margárico y el ácido fórmico; sin embargo, eso me importa un bledo. Señores, mi padre siempre me aborreció porque yo no entendía las matemáticas. Yo solo entiendo de amor y de libertad. Soy Grantaire, el buen muchacho. Como nunca he tenido dinero, nunca adquirí la costumbre de tenerlo, y el resultado es que jamás me ha faltado; pero, ¡si yo hubiera sido rico, ya no habría pobres! ¡Lo habríais visto! ¡Oh, si los corazones bondadosos tuvieran además carteras bien cebadas, qué mucho mejor irían las cosas! ¡Me imagino a Jesucristo con la fortuna de Rothschild! ¡Cuánto bien haría! ¡Matelote, abrázame! ¡Eres voluptuosa y tímida! ¡Tienes unas mejillas que invitan al beso de una hermana, y unos labios que reclaman el beso de un amante!
—¡Calla la boca, tonel! —dijo Courfeyrac.
Grantaire replicó:—
«¡Soy el capitoul y el maestro de los juegos florales!»
Enjolras, que estaba de pie en la cresta de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su hermoso y austero rostro. Enjolras, como el lector sabe, tenía algo del espartano y del puritano en su temperamento. Habría perecido en las Termópilas con Leónidas y se habría dejado quemar en Drogheda con Cromwell.
—Grantaire —gritó—, ve a disipar los vapores de tu vino a otra parte que no sea aquí. Este es el lugar del entusiasmo, no de la embriaguez. ¡No deshonres la barricada!