Fauchelevent se rasó el lóbulo de la oreja con el dedo del medio de la mano izquierda, señal de un gran apuro.
Un tercer repique creó una distracción.
—Ese es el médico de muertos que se marcha —dijo Fauchelevent—. Ha echado un vistazo y ha dicho: «Está muerta, está bien». Cuando el médico ha firmado el pasaporte para el paraíso, la compañía de pompas fúnebres envía un ataúd. Si es madre, las madres la arreglan; si es hermana, las hermanas la arreglan. Después de lo cual, la clavo. Eso forma parte de mis deberes de jardinero. Un jardinero es un poco enterrador. Se la coloca en una sala baja de la iglesia que comunica con la calle, y en la que ningún hombre puede entrar salvo el médico de muertos. No cuento a los hombres de las pompas fúnebres ni a mí mismo como hombres. En esa sala es donde clavo el ataúd. ¡Los hombres de pompas fúnebres vienen a buscarlo y arre, cochero!, así es como uno va al cielo. Van a buscar una caja sin nada dentro, se la vuelven a llevar con algo dentro. Así es como es un entierro. De profundis.
Un rayo de sol horizontal rozó ligeramente el rostro de la Cosette durmiente, que yacía con la boca levemente abierta, y tenía el aire de un ángel bebiéndose la luz.
Jean Valjean se había quedado embelesado mirándola. Ya no escuchaba a Fauchelevent.
El que no se le escuche a uno no es razón para guardar silencio. El buen viejo jardinero prosiguió tranquilamente con su cháchara:—
“La tumba está cavada en el cementerio de Vaugirard. Afirman que van a suprimir ese cementerio de Vaugirard. Es un cementerio antiguo que está fuera de reglamento, que no tiene uniforme y que se va a jubilar. Es una pena, porque resulta práctico. Tengo un amigo allí, el padre Mestienne, el sepulturero. Las monjas de aquí poseen un privilegio, el de ser llevadas a