desde los tejados de las casas, desde las ventanas de la taberna, desde las ventanas del sótano, a donde algunos se habían arrastrado. Eran uno contra sesenta.
La fachada de Corinto, medio derruida, era hedionda. La ventana, tatuada por la metralla, había perdido el cristal y el marco y no era ya más que un agujero informe, taponado tumultuosamente con adoquines.
Bossuet había muerto; Feuilly había muerto; Courfeyrac había muerto; Combeferre, atravesado por tres bayonetazos en el pecho en el momento en que levantaba a un soldado herido, tuvo apenas tiempo de dirigir una mirada al cielo antes de expirar.
Marius, todavía luchando, estaba tan cribado de heridas, particularmente en la cabeza, que su semblante desapareció bajo la sangre, y se habría dicho que su rostro estaba cubierto con un pañuelo rojo.
Solo Enjolras no fue alcanzado. Cuando ya no le quedaba ningún arma, tendió las manos a diestra y siniestra y un insurgente le metió algún brazo que otro en el puño. Todo lo que le quedaba eran los cabos de cuatro sables; uno más que Francisco I en Marignan. Homero dice: «Diomedes degüella a Axilo, hijo de Teutrante, que habitaba en la feliz Arisbe; Euríalo, hijo de Mecisteo, extermina a Dresos y Ofealtio, a Esepio y a aquel Pédaso que la náyade Abarbarea dio a luz al irreprochable Bucolión; Ulises derriba a Pidio de Percote; Antíloco, a Ablero; Polipetes, a Astialo; Polidamante, a Otos de Cylene; y Teucro, a Arataón. Megantes muere bajo los golpes de la pica de Eurípilo. Agamenón, rey de los héroes, precipita a tierra a Elato, nacido en la ciudad rocosa que baña el sonoro río Satnoeis». En nuestros viejos poemas de gesta, Esplandián acomete al marqués gigante Swantibore con una piqueta de zapatero de fuego, y este se defiende arrojando al héroe torres que arranca de cuajo. Nuestros antiguos frescos murales nos muestran a los dos duques de Bretaña y