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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VIII. Los cementerios se quedan con lo que se les confía

sucedió y heredó aquella famosa taberna situada junto al cementerio de Vaugirard, que estaba coronada por un membrillo pintado en una tabla y que formaba ángulo, con un lado sobre las mesas de los bebedores y el otro sobre las tumbas, con este letrero: Au Bon Coing.

El cementerio de Vaugirard era lo que se puede llamar un cementerio ajado. Estaba cayendo en desuso. La humedad lo iba invadiendo, las flores lo abandonaban.

A los burgueses no les importaba mucho ser enterrados en Vaugirard; aquello olía a pobreza. ¡Père-Lachaise, por favor! Estar enterrado en Père-Lachaise equivale a tener muebles de caoba. Se le reconoce como elegante.

El cementerio de Vaugirard era un recinto venerable, plantado a la manera de un jardín francés a la antigua. Calles rectas, bojes, tuyas, acebos, tumbas antiguas bajo cipreses añosos y hierba muy alta. Por la tarde aquello era trágico. Tenía unos trazos de lo más lúgubre.

El sol aún no se había puesto cuando la carroza fúnebre con el paño mortuorio blanco y la cruz negra entró en la avenida del cementerio de Vaugirard. El cojo que la seguía no era otro que Fauchelevent.

El entierro de la Madre Crucifixión en la cripta situada bajo el altar, la salida de Cosette, la introducción de Jean Valjean en la sala de difuntos⁠—todo se había llevado a cabo sin dificultad y no había habido ningún tropiezo.

Hagamos notar de paso que el entierro de la madre Crucifixión bajo el altar del convento es, a nuestros ojos, una falta perfectamente venial. Es una de esas culpas que se parecen a un deber. Las monjas lo habían hecho, no solo sin dificultad, sino además con el aplauso de sus propias conciencias. En el claustro, lo que se llama el «gobierno» no es más que una intromisión en la autoridad, una injerencia siempre discutible. En primer

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