—¿Seiscientos mil francos? —reanudó el señor Gillenormand.
—Menos catorce o quince mil francos, probablemente —dijo Jean Valjean.
Y puso sobre la mesa el paquete que la señorita Gillenormand había tomado por un libro.
El mismo Jean Valjean abrió el paquete; era un fajo de billetes de banco. Los desdoblaron y los contaron. Había quinientos billetes de mil francos cada uno, y ciento sesenta y ocho de quinientos. En total, quinientos ochenta y cuatro mil francos.
—Este es un buen libro —dijo el señor Gillenormand.
—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos! —murmuró la tía.
—Esto arregla bien las cosas, ¿no es verdad, señorita Gillenormand la mayor? —dijo el abuelo.
—¡Ese demonio de Marius le ha husmeado el nido a una grisette millonaria en su árbol de los sueños! ¡Vaya uno a fiarse ahora de los amoríos de los jóvenes! Los estudiantes se encuentran a estudentesas con seiscientos mil francos. Querubino trabaja mejor que Rothschild.
—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos! —repitió la señorita Gillenormand en voz baja—. ¡Quinientos ochenta y cuatro! ¡Casi tanto como decir seiscientos mil!
En cuanto a Marius y Cosette, se miraban el uno al otro mientras esto pasaba; apenas prestaron atención a este detalle.
V
Deposita tu dinero en un bosque en lugar de hacerlo con un notario