«Me habéis prometido volveros un hombre honrado. Compro vuestra alma. Se la arrebato al espíritu de la perversidad; se la entrego al buen
Esto volvió a su mente sin cesar.
A esta bondad celestial oponía el orgullo, que es la fortaleza del mal en nosotros.
Tenía la vaga conciencia de que el perdón de aquel sacerdote era el mayor asalto y el ataque más formidable que lo había conmovido hasta entonces; de que su dureza se consolidaría definitivamente si resistía a aquella clemencia; de que, si cedía, se vería obligado a renunciar a ese odio con el que las acciones de los otros hombres habían llenado su alma durante tantos años, y que le complacía; de que esta vez era necesario vencer o ser vencido; y de que una lucha, una lucha colosal y definitiva, había comenzado entre su vicio y la bondad de aquel hombre.
En presencia de estas luces, procedía como