La gran jugada de los hombres fuertes consiste en salvarse por los mismos medios que los han arruinado; Gavroche abarcó toda la situación de un solo vistazo. Había sido el carro el que se había vuelto en su contra, le tocaba al carro protegerlo.
En el momento en que el sargento estaba a punto de abalanzarse sobre Gavroche, el carro, convertido en proyectil y lanzado con todas las fuerzas de este último, rodó furiosamente hacia él y el sargento, golpeado de lleno en el estómago, cayó de espaldas en la cuneta mientras su fusil se disparaba en el aire.
Los hombres del puesto habían salido a la desbandada al grito del sargento; el disparo provocó una descarga general y dispersa, tras la cual recargaron sus armas y comenzaron de nuevo.
Esta fusilería a la gallina ciega duró un cuarto de hora y mató a varios cristales.
Entre tanto, Gavroche, que había desandado sus pasos a toda velocidad, se detuvo a cinco o seis calles de allí y se sentó, jadeante, en el bolardo de piedra que hace esquina en los Enfants-Rouges.
Escuchó.
Después de jadear durante unos minutos, se volvió en la dirección donde la fusilería arreciaba, levantó la mano izquierda a la altura de la nariz y la adelantó tres veces, mientras se daba una palmada en la nuca con la mano derecha; un gesto imperioso en el que la picardía callejera parisina ha condensado la ironía francesa, y que es evidentemente eficaz, puesto que ya dura medio siglo.
Esta alegría se veía turbada por una amarga reflexión.
—Sí —dijo él—, me parto de risa, me retuerzo de deleite, desbordo alegría, pero estoy perdiendo el rumbo, tendré que dar un rodeo. ¡Si al menos llego a la barricada a tiempo!