o menos: maestro de peticiones de la sección del Paraíso. Por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor de Clermont-Tonnerre. El cardenal de Luzerne era escritor y estaba destinedo a tener, pocos años después, el honor de firmar en el Conservateur artículos codo a codo con Chateaubriand; el señor de Clermont-Tonnerre era arzobispo de Toulouse y hacía a menudo viajes a París para ver a su sobrino, el marqués de Tonnerre, que era ministro de Marina y de la Guerra. El cardenal de Clermont-Tonnerre era un hombrecillo alegre que dejaba ver sus medias rojas bajo la sotana remangada; su especialidad era el odio a la Enciclopedia y sus desesperadas partidas de billar, y las personas que, en aquella época, cruzaban la Rue Madame en las tardes de verano, donde se encontraba entonces el hotel de Clermont-Tonnerre, se detenían para escuchar el choque de las bolas y la voz aguda del cardenal gritando a su conclavista, monseñor Cotiret, obispo in partibus de Caristo: «Anota, abate, hago carambola». El cardenal de Clermont-Tonnerre había sido llevado al salón de Madame de T. por su más íntimo amigo, el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlis y uno de los Cuarenta. El señor de Roquelaure destacaba por su elevada estatura y su asiduidad en la Academia; a través de la puerta de cristales de la sala contigua de la biblioteca, donde la Academia Francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían contemplar, todos los martes, al exobispo de Senlis, por lo general de pie y erguido, recién empolvado, con medias violeta, dando la espalda a la puerta, al parecer con el propósito de dejar ver mejor su golilla. Todos estos eclesiásticos, aunque en su mayor parte tan cortesanos como clérigos, aumentaban la gravedad del salón de la señora T., cuyo aspecto señorial se veía acentuado por cinco pares de Francia: el marqués de Vibraye, el marqués de Talaru, el marqués de Herbouville, el vizconde Dambray y el duque de Valentinois. Este duque de Valentinois, aunque príncipe de Mónaco, es decir, príncipe soberano en el extranjero, tenía una idea tan alta de Francia y de su paresía que lo juzgaba todo a través de ese prisma. Fue él quien dijo: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma;
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Libro III. El abuelo y el nieto
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