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nydus/Les MisérablesPublic
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I. Con lo que uno tropieza en el camino desde Nivelles

Durante el misterioso viaje de la isla de Elba a Francia, el 27 de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés Le Zéphyr, habiendo encontrado al bergantín L'Inconstant, en el que iba oculto Napoleón, y habiendo preguntado por noticias de Napoleón a L'Inconstant, el emperador, que aún llevaba en el sombrero la escarapela blanca y amarantina sembrada de abejas que había adoptado en la isla de Elba, agarró riendo el portavoz y respondió él mismo: «El emperador está bien». Un hombre que se ríe así trata de tú a los acontecimientos.

Napoleón se entregó a muchos ataques de esa risa durante el desayuno en Waterloo.

Después del desayuno meditó durante un cuarto de hora; luego, dos generales se sentaron sobre el fardo de paja, con pluma en mano y el papel sobre las rodillas, y el emperador les dictó la orden de batalla.

A las nueve en punto, en el instante en que el ejército francés, escalonado y puesto en marcha en cinco columnas, se había desplegado⁠—las divisiones en dos líneas, la artillería entre las brigadas, la música a su cabeza; mientras marcaban el paso, con redobles de tambor y fanfarrias de trompetas, poderoso, inmenso, jubiloso, un mar de cascos, sables y bayonetas en el horizonte⁠—, el emperador se conmovió y exclamó dos veces: «¡Magnífico! ¡Magnífico!».

Entre las nueve y las diez y media todo el ejército, por increíble que parezca, había tomado posiciones y se había dispuesto en seis líneas, formando, para repetir la expresión del Emperador, «la figura de seis V». Pocos momentos después de la formación de la línea de batalla, en medio de ese profundo silencio, semejante al que anuncia el comienzo de una tormenta, que precede a los combates, el Emperador dio una palmada en el hombro a Haxo, al contemplar las tres baterías de doce libras, destacadas por sus órdenes de los cuerpos de Erlon, Reille y Lobau, y destinadas a abrir el combate tomando Mont-Saint-Jean, situado en la

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