Luchemos.
Luchemos, pero hagamos una distinción. La propiedad peculiar de la verdad es no cometer nunca excesos. ¿Qué necesidad tiene de exageración? Hay lo que es necesario destruir, y hay lo que es simplemente necesario dilucidar y examinar. ¡Qué fuerza tiene un examen bondadoso y serio! No apliquemos una llama donde solo se requiere una luz.
Así, teniendo en cuenta el siglo diecinueve, nos oponemos, como proposición general, y entre todos los pueblos, tanto en Asia como en Europa, tanto en la India como en Turquía, a la claustración ascética.
Quien dice claustro, dice pantano. Su putrefacción es evidente, su estancamiento es malsano, su fermentación infesta a los pueblos de fiebre y los entioliza; su multiplicación se convierte en una plaga de Egipto.
No podemos pensar sin espanto en esas regiones donde los faquires, los bonzos, los santones, los monjes griegos, los morabitos, los talapoyes y los derviches se multiplican cual enjambres de alimañas.
Esto dicho, la cuestión religiosa permanece. Esta cuestión tiene ciertos lados misteriosos, casi formidables; se nos permitirá mirarla fijamente.