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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

Enjolras se inclinó y besó aquella mano venerable, tal como había besado su frente la noche anterior.

Estos fueron los únicos dos besos que había prodigado en el curso de su vida.

Abreviaremos el relato. La barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza. Estas resistencias son tenaces. Sin cuartel. Sin bandera blanca posible. Los hombres están dispuestos a morir, con tal de que su adversario los mate.

Cuando Suchet dice:⁠—“Capitulad”,⁠—Palafox responde: “Después de la guerra con cañón, la guerra con cuchillos.”

Nada faltó en la toma por asalto de la taberna Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde las ventanas y el tejado sobre los atacantes y exasperando a los soldados al triturarlos horrendamente, ni los disparos hechos desde las buhardillas y el sótano, ni la furia del ataque, ni por fin, al ceder la puerta, la frenética locura del exterminio.

Los asaltantes, precipitandose en la taberna, con los pies enredados en los paneles de la puerta que había sido derribada y arrojada al suelo, no hallaron allí a un solo combatiente. La escalera de caracol, cercenada a hachazos, yacía en medio del salón, unos cuantos heridos apenas daban su último suspiro, todos los que no estaban muertos se hallaban en el primer piso, y desde allí, a través del agujero del cielo raso, que había formado la entrada de la escalera, brotaba un fuego terrífico.

Era el último de sus cartuchos. Cuando se hubieron agotado, cuando aquellos formidables hombres a punto de morir no tenían ya ni pólvora ni bala, cada cual empuñó en sus manos dos de las botellas que Enjolras había reservado, y de las cuales hemos hablado, y mantuvo a raya al grupo de asalto con estas espantosamente frágiles porras. Eran botellas de aguafuerte.

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