En Wagram, franceses, trece por ciento; austriacos, catorce. En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro. En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; los Aliados, treinta y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento; ciento cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
Hoy el campo de Waterloo tiene la calma propia de la tierra, el soporte impasible del hombre, y se parece a todas las llanuras.
Por la noche, además, se eleva de él una especie de neblina visionaria; y si un viajero pasea por allí, si escucha, si observa, si sueña como Virgilio en las llanuras fatales de Filipos, la alucinación de la catástrofe se apodera de él. El espantoso 18 de junio vuelve a vivir; el falso montículo monumental desaparece, el león se disuelve en el aire, el campo de batalla recupera su realidad, líneas de infantería ondulan sobre la llanura, furiosos galopes cruzan el horizonte; el soñador asustado contempla el destello de los sables, el brillo de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el tremendo intercambio de truenos; oye, por decirlo así, el estertor en las profundidades de una tumba, el clamor vago del fantasma de la batalla; esas sombras son granaderos, esas luces son coraceros; ese esqueleto es Napoleón, aquel otro es Wellington; todo esto ya no existe, y sin embargo choca y combate todavía; y los barrancos se purpuran, y los árboles tiemblan, y hay furor incluso en las nubes y en las tinieblas; todas esas alturas terribles, Hougomont, Mont-Saint-Jean, Frischemont,