Los hechos, sin embargo, son cosas difíciles de desbaratar y son tercos. El autor de este libro ha visto, con sus propios ojos, a ocho leguas de distancia de Bruselas—allí hay vestigios de la Edad Media accesibles para todo el mundo—, en la abadía de Villers, el agujero de los oubliettes, en medio del campo que antiguamente era el patio del claustro, y a orillas del Thil, cuatro mazmorras de piedra, mitad bajo tierra, mitad bajo el agua. Estaban in pace. Cada una de estas mazmorras conserva los restos de una puerta de hierro, una bóveda y una abertura enrejada que, por la parte exterior, se encuentra a dos pies sobre el nivel del río, y por la interior, a seis pies sobre el nivel del suelo. Cuatro pies de río corren a lo largo del muro exterior. El suelo está siempre empapado. El ocupante del in pace tenía este suelo húmedo por lecho. En una de estas mazmorras hay un fragmento de collar de hierro remachado a la pared; en otra, puede verse una caja cuadrada hecha de cuatro losas de granito, demasiado corta para que una persona pueda acostarse en ella, demasiado baja para poder mantenerse de pie. Se metía dentro a un ser humano con una cubierta de piedra encima. Esto existe. Puede verse. Puede tocarse. Esos in pace, esas mazmorras, esos goznes de hierro, esos collares, ese elevado ajimez a flor de corriente del río, esa caja de piedra cerrada con una tapa de granito a guisa de tumba, con esta diferencia: que aquí el difunto era un ser vivo, ese suelo que no es más que fango, ese hueco de la bóveda, esas paredes sudorosas—¡qué declamadores!
III
En qué condiciones se puede respetar el pasado
El monacato, tal como existía en España y tal como existe aún en Tíbet, es una especie de tisis para la civilización. Interrumpe la vida de golpe.