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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro III. El abuelo y el nieto

viejos búhos de marqueses a montones, que habían regresado, y fantasmas, los «antiguos» objeto de asombro ante todo, hidalgos valientes y nobles que sonreían por estar en Francia pero que también lloraban, encantados de volver a ver su patria, desesperados por no hallar su monarquía; la nobleza de las Cruzadas tratando con desdén a la nobleza del Imperio, es decir, a la nobleza de la espada; razas históricas que habían perdido el sentido de la historia; los hijos de los compañeros de Carlomagno desdeñando a los compañeros de Napoleón. Las espadas, como acabamos de señalar, devolvían el insulto; la espada de Fontenoy era ridícula y no pasaba de ser un pedazo de hierro mohoso; la espada de Marengo era odiosa y no era más que un sable. Los días de antaño no reconocían al Ayer. Ya no se tenía el sentido de lo grandioso. Hubo alguien que llamó Scapin a Bonaparte. Esta Sociedad ya no existe. Nada de ella, lo repetimos, existe hoy en día. Cuando elegimos de ella una figura al azar, y tratamos de hacerla revivir en el pensamiento, nos resulta tan extraña como el mundo anterior al Diluvio. Es porque ella también, a decir verdad, ha sido engullida por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos Revoluciones. ¡Qué grandes olas son las ideas! ¡Con qué rapidez cubren todo lo que tienen por misión destruir y sepultar, y con qué prontitud abren espantosos abismos!

Tal era la fisonomía de los salones de aquellos tiempos lejanos y cándidos en que el señor Martainville tenía más ingenio que Voltaire.

Estos salones tenían una literatura y una política propias. Creían en Fiévée. El señor Agier en ellos dictaba ley. Comentaban al señor Colnet, el viejo librero y publicista del muelle Malaquais. Para ellos, Napoleón era por completo el Ogro corso. Más tarde, la introducción en la historia del señor marqués de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del Rey, fue una concesión al espíritu de la época.

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