sin confesárselo mutuamente, sin rencor el uno hacia el otro, y con una sonrisa.
VIII
La cuadrilla de encadenados
Jean Valjean era el más infeliz de los dos. La juventud, aun en medio de sus dolores, posee siempre su propio y peculiar resplandor.
A veces, Jean Valjean sufría tanto que se volvía pueril. Es propiedad del dolor hacer que reaparezca el lado infantil del hombre.
Tenía la convicción insuperable de que Cosette se le escapaba. Le hubiera gustado resistirse, retenerla, despertar su entusiasmo mediante algo externo y brillante. Estas ideas, pueriles, como acabamos de decir, y al mismo tiempo seniles, le transmitían, por su misma infantilidad, una noción bastante justa de la influencia de los galones de oro en la imaginación de las jóvenes.
En cierta ocasión le tocó ver pasar por la calle a un general a caballo, en uniforme de gala, el conde Coutard, comandante de París. Envidió a aquel hombre dorado; qué felicidad sería, se dijo, si pudiera ponerse aquel traje que era algo incontestable; y si Cosette pudiera verlo así, quedaría deslumbrada, y cuando llevara a Cosette del brazo y pasara ante las puertas de las Tullerías, la guardia le presentaría armas, y eso le bastaría a Cosette, y disiparía su idea de mirar a los jóvenes.
Un impacto imprevisto se añadió a estas tristes reflexiones.
En la vida aislada que llevaban, y desde que habían venido a vivir a la calle Plumet, habían contraído una costumbre. A veces hacían un viaje de placer para ver salir el sol, una apacible clase de goce que conviene a los que están entrando en la vida y a los que la van abandonando.