outspreading of the fingers of his two aged hands, which quivered all over, his knees formed an angle in front, allowing, through the opening in his dressing-gown, a view of his poor bare legs, all bristling with white hairs, and he murmured:
«¡Marius!»
—Señor —dijo Vasque—, acaban de traer al señor. Ha ido a la barricada y...
«¡Está muerto!», gritó el viejo con una voz terrible.
«¡Ah! ¡El canalla!»
Luego, una especie de transformación sepulcral enderezó a este centenario tan erguido como un joven.
—Señor —dijo él—, usted es el médico. Comience por decirme una cosa. Está muerto, ¿verdad?
El médico, que se encontraba en el grado máximo de ansiedad, permaneció en silencio.
M. Gillenormand se torció las manos con una carcajada terrible.
«¡Ha muerto! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto! ¡Se ha hecho matar en las barricadas! ¡Por odio hacia mí! ¡Ha hecho eso para fastidiarme! ¡Ah! ¡Bebedor de sangre! ¡Así es como vuelve a mí! ¡Desgracia de mi vida, ha muerto!»
Él fue a la ventana, la abrió de par en par como si se estuviera ahogando, y, erguido ante la oscuridad, comenzó a hablar hacia la calle, hacia la noche: