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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

Había llovido la noche anterior, y aun un poco por la mañana. Pero en junio, los chubascos no cuentan gran cosa.

Una hora después de una tempestad, apenas se nota que el hermoso día rubio ha llorado. La tierra, en verano, se seca tan deprisa como la mejilla de un niño.

En ese período del solsticio, la luz del mediodía en todo su esplendor es, por decirlo así, punzante. Lo abarca todo. Se aplica a la tierra y se superpone con una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.

Un chubasco no es más que un vaso de agua; un aguacero es bebidito al instante. Por la mañana todo goteaba, por la tarde todo está empolvado.

Nada es tan digno de admiración como el follaje lavado por la lluvia y limpiado por los rayos de la luz solar; es una frescura cálida.

Los jardines y los prados, con agua en sus raíces y sol en sus flores, se convierten en pebeteros de incienso y exhalan todos sus olores a la vez.

Todo sonríe, canta y se ofrece.

Uno se siente suavemente embriagado.

La primavera es un paraíso provisional, el sol ayuda al hombre a tener paciencia.

Hay seres que nada más exigen; mortales que, teniendo el azul del cielo, dicen: «¡Es bastante!», soñadores absortos en lo maravilloso, sumergidos en la idolatría de la naturaleza, indiferentes al bien y al mal, contempladores del cosmos y radiantemente olvidadizos del hombre, que no comprenden cómo la gente puede ocuparse del hambre de unos y de la sed de otros, de la desnudez de los pobres en invierno, de la curvatura linfática de la pequeña columna vertebral, del jergón, la buhardilla, el calabozo y los harapos de las jovencitas temblorosas, cuando pueden

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