Bajó los ojos, y él siguió su camino.
Lo que acababa de ver ya no era el ojo ingenuo y sencillo de un niño; era un abismo misterioso que se había medio abierto, para luego cerrarse de golpe de nuevo.
L llega un día en que la jovencita mira de ese modo. ¡Ay de aquel que por casualidad se encuentre allí!
Esa primera mirada de un alma que aún no se conoce a sí misma es como el alba en el cielo. Es el despertar de algo radiante y extraño. Nada puede dar idea del encanto peligroso de ese destello inesperado, que brota súbita y vagamente de adorables sombras, y que está compuesto de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad y que espera. Es una trampa que la doncella inocente tiende sin saberlo, y en la que