¿Quién sabe si Jean Valjean no había estado a punto de desanimarse y de caer una vez más? Amó y volvió a hacerse fuerte. ¡Ay! Él caminaba con no menos indecisión que Cosette. Él la protegía, y ella lo fortalecía. Gracias a él, ella podía avanzar por la vida; gracias a ella, él podía continuar en la virtud. Él era el apoyo de aquella niña, y ella era su puntal. > ¡Oh, insondable y divino misterio de los equilibrios del
IV
Las observaciones del inquilino principal
Jean Valjean tuvo la prudencia de no salir jamás de día. Todas las noches, al caer el crepúsculo, paseaba durante una o dos horas, a veces solo, a menudo con Cosette, buscando los callejones más solitarios del bulevar y entrando en las iglesias al anochecer.
Le gustaba ir a Saint-Médard, que es la iglesia más cercana. Cuando no llevaba a Cosette consigo, ella se quedaba con la anciana; pero la delicia de la niña era salir con el buen hombre. Prefería una hora con él a todos sus arrobadores mano a mano con Catherine.
Le tomaba la mano mientras caminaban y le decía cosas dulces.
Resultó ser que Cosette era una personita muy alegre.
La anciana se ocupaba de las labores de la casa y de cocinar, y del mercado.