pensamiento, de un modo confuso? La desgracia, ciertamente, como hemos dicho, forma la educación de la inteligencia; sin embargo, es dudoso que Jean Valjean estuviese en condiciones de desmarañar todo lo que aquí hemos indicado. Si estas ideas acudían a él, más las intuía que las veía, y solo lograban sumirlo en un estado de emoción inefable y casi dolorosa. Al salir de esa cosa negra y deforme que se llama galeras, el obispo le había herido el alma, como una luz demasiado viva le habría herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible que se le ofrecía en adelante, toda pura y radiante, lo llenaba de temblores y de angustia. Ya no sabía dónde estaba en realidad. Como un búho que vistiera de repente salir el sol, el presidiario se había sentido deslumbrado y cegado, por decirlo así, a causa de la virtud.
Aquello de lo que estaba seguro, aquello de lo que no dudaba, era de que ya no era el mismo hombre, de que todo en él había cambiado, de que ya no estaba en su poder hacer como si el obispo no le hubiera hablado y no lo hubiera tocado.
En este estado de espíritu se había encontrado con el pequeño Gervais, y le había robado sus cuarenta sueldos. ¿Por qué? Ciertamente no lo habría podido explicar; ¿era acaso el último efecto y el esfuerzo supremo, por decirlo así, de los malos pensamientos que se había traído de las galeras —un resto de impulso, un resultado de lo que en estática se llama «fuerza adquirida»? Era eso, y era también, tal vez, incluso menos que eso. Digámoslo sencillamente: no fue él quien robó; no fue el hombre; fue la bestia, que