CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Les MisérablesPublic
Página 1821 de 2247
Table of Contents

I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

—Esta es la sala de los muertos —dijo Enjolras.

En el interior de esta sala, apenas iluminada por una bujía en un extremo, estando la mesa mortuoria detrás del poste a guisa de travesaño horizontal, resultaba una especie de cruz vasta y vaga por Javert erguido y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque truncada por la fusilería, se mantenía aún lo bastante erguida como para permitirles atar la bandera a ella.

Enjolras, que poseía esa cualidad de los líderes de hacer siempre lo que decía, ató a este asta la casaca acribillada a balazos y ensangrentada del anciano.

No había sido posible ninguna comida. No había ni pan ni carne. Los cincuenta hombres de la barricada habían agotado rápidamente las escasas provisiones de la taberna durante las dieciséis horas que habían pasado allí. Llegado un momento, toda barricada se convierte inevitablemente en la balsa de La Medusa. Se vieron obligados a resignarse al hambre. Habían llegado entonces a las primeras horas de aquel día espartano del 6 de junio en que, en la barricada Saint-Merry, Jeanne, rodeado de insurgentes que pedían pan, respondió a todos los combatientes que gritaban: «¡Algo de comer!» con un: «¿Para qué? Son las tres; a las cuatro estaremos muertos».

Como ya no podían comer, Enjolras les prohibió beber. Les vedó el vino y les racionó el aguardiente.

Habían encontrado en la bodega quince botellas llenas y herméticamente cerradas. Enjolras y Combeferre las examinaron. Combeferre, al subir de nuevo, dijo:⁠—Es la antigua reserva del padre Hucheloup, que empezó como tendero.⁠—Debe de ser vino de verdad⁠—observó Bossuet.⁠—Menos mal que Grantaire está dormido. Si estuviera en pie, costaría bastante trabajo salvar esas botellas.⁠—Enjolras, a pesar de todos los murmuros,

1821