Esto servía a modo de reloj para las pobres mujeres del barrio, que decían: «Son las dos; ahí va de regreso a las Tullerías».
Y unos se apresuraban, y otros se formaban en fila, pues el paso de un rey siempre causa revuelo; además, la aparición y la desaparición de Luis XVIII producían cierto efecto en las calles de París. Era rápido, pero majestuoso. Este rey impotente tenía afición por el galope tendido; como no era capaz de caminar, quería correr: aquel tullido se habría hecho arrastrar con mucho gusto por el rayo. Pasaba, pacífico y severo, en medio de espadas desnudas. Su carroza masiva, toda cubierta de dorados, con grandes ramas de lirios pintadas en los paneles, tronaba ruidosamente. Apenas había tiempo para echarle una ojeada. En el ángulo posterior derecho se divisaba, sobre mullidos cojines de raso blanco, una cara grande, firme y rubicunda, una frente recién empolvada à l’oiseau royal, un ojo orgulloso, duro y astuto, la sonrisa de un hombre culto, dos grandes charreteras con flecos de oro flotando sobre una casaca burguesa, el Toisón de Oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, la placa de plata del Espíritu Santo, un vientre enorme y una ancha cinta azul: era el rey. Fuera de París, llevaba sobre las rodillas, envueltas en altas polainas inglesas, su sombrero adornado con plumas de avestruz blancas; cuando reentraba en la ciudad, se ponía el sombrero y saludaba raramente; miraba fijamente y con frialdad al pueblo, y este le devolvía el trato en la misma moneda. Cuando apareció por primera vez en el barrio de Saint-Marceau, todo el éxito que produjo se resume en esta observación de un habitante del arrabal a su compañero: «Ese grandullón de ahí es el gobierno».
Este infalible paso del rey a la misma hora era, por lo tanto, el acontecimiento diario del Boulevard de l’Hôpital.
El paseante del abrigo amarillo evidentemente no pertenecía al barrio, y probablemente tampoco pertenecía a París, pues ignoraba este detalle.