Así se habló a sí mismo en lo más hondo de su conciencia, inclinándose sobre lo que puede llamarse su propio abismo; se levantó de su silla y comenzó a pasearse por la habitación:
—Vamos —dijo—, no pensemos más en ello; ¡mi decisión está tomada!
pero no sentía alegría alguna.
Todo lo contrario.
No más se puede impedir que el pensamiento vuelva a una idea que al mar volver a la orilla: el marinero lo llama marea; el culpable lo llama remordimiento; Dios conmueve el alma como el océano.
Tras el transcurso de unos instantes, hiciese lo que hiciese, reanudó el sombrío diálogo en el que era él quien hablaba y él quien escuchaba, diciendo aquello que habría preferido ignorar, y escuchando aquello que habría preferido no oír, cediendo a ese misterioso poder que le decía:
«¡Piensa!»
como le dijo a otro condenado, hace dos mil años, «¡Marcha!».
Antes de proseguir, y para hacernos comprender plenamente, insistamos en una observación necesaria.
Es cierto que la gente habla sola; no hay ser viviente que no lo haya hecho. Se puede decir incluso que la palabra no es nunca un misterio más magnífico que cuando pasa del pensamiento a la conciencia en el interior del hombre, y cuando vuelve de la conciencia al pensamiento; es solo en este sentido como deben entenderse las palabras empleadas tan a menudo en este capítulo: dijo, exclamó; se habla a uno mismo, se dialoga con uno mismo, se