empezaba a hablar, como hemos visto, ella obedecía pasivamente a su ama.
Mademoiselle Baptistine no hablaba siquiera. Se limitaba a obedecerle y a complacerle.
Nunca había sido bonita, ni siquiera en su juventud; tenía unos ojos grandes, azules y saltones, y una nariz larga y aguileña; pero todo su rostro, toda su persona, exhalaba una bondad inefable, como dijimos al principio.
Había estado predestinada siempre a la dulzura; pero la fe, la caridad, la esperanza, esas tres virtudes que ablandan el alma, habían elevado gradualmente esa dulzura hasta la santidad.
La naturaleza la había hecho cordero, la religión la había hecho ángel.
¡Pobre virgen consagrada! ¡Dulce memoria que se ha desvanecido!
Mademoiselle Baptistine ha contado tan a menudo lo que ocurrió aquella noche en el palacio episcopal, que hoy vive mucha gente que aún recuerda hasta los más mínimos detalles.
En el momento en que entró el Obispo, Madame Magloire estaba hablando con considerable vivacidad. Le estaba armando un sermón a Mademoiselle Baptistine sobre un tema que le era familiar y al que el Obispo también estaba acostumbrado. La cuestión se refería a la cerradura de la puerta de entrada.
Al parecer, mientras compraba algunas provisiones para la cena, madame Magloire había oído cosas en varios sitios. Se hablaba de un merodeador de mal aspecto; había llegado un vagabundo sospechoso que debía de andar por alguna parte de la ciudad, y quienes tuvieran la ocurrencia de regresar tarde a casa esa noche podrían verse expuestos a encuentros desagradables. La policía estaba muy mal organizada, además, debido a