“Estoy aquí. ¿Qué deseas de mí?”
Era una voz muy querida, a veces adorada.
No se veía a nadie. Apenas se oía el sonido de una respiración. Parecía como si fuera un espíritu que hubiese sido evocado, que le hablara a uno a través de los muros de la tumba.
Si se daba la casualidad de estar bajo ciertas condiciones prescritas y muy raras, la tablilla de una de las persianas se abría enfrente de uno; el espíritu evocado se convertía en una aparición.
Tras la reja, tras la persiana, se percibía, hasta donde la reja permitía ver, una cabeza de la cual solo la boca y la barbilla eran visibles; el resto estaba cubierto con un velo negro.
Se alcanzaba a vislumbrar una toca negra y una forma apenas definida, cubierta con un sudario negro. Esa cabeza hablaba con uno, pero no lo miraba y jamás le sonreía.
La luz que venía desde atrás estaba ajustada de tal manera que tú la veías a ella en lo blanco, y ella te veía a ti en lo negro. Esta luz era simbólica.
Sin embargo, vuestros ojos se precipitaron ávidos por aquella abertura practicada en aquel lugar sustraído a todas las miradas.
Una vaga inmensidad envolvía aquella forma vestida de luto. Vuestros ojos sondearon esa vaguedad y buscaron distinguir los contornos de la aparición.
Al cabo de muy poco tiempo descubristeis que no podíais ver nada. Lo que contemplabais era la noche, el vacío, las sombras, una niebla invernal mezclada con un vapor de tumba, una especie de paz terrible, un silencio del que nada podíais arrancar, ni siquiera suspiros, una penumbra en la que nada podíais distinguir, ni siquiera los fantasmas.