En la época en que esta historia tiene lugar, un internado estaba anexo al convento; un internado para jóvenes de familias nobles y en su mayoría adineradas, entre las que se podía notar a las señoritas de Saint-Aulaire y de Bélissen, y a una muchacha inglesa que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot.
Estas jóvenes, criadas por estas monjas entre cuatro paredes, crecieron con horror al mundo y al siglo. Una de ellas nos dijo un día: «La vista del pavimento de la calle me hacía estremecer de la cabeza a los pies».
Vestían de azul, con cofia blanca y un Espíritu Santo de plata dorada o de cobre sobre el pecho. Ciertos días de gran festividad, en particular el día de Santa Marta, se les permitía, como gran favor y suprema felicidad, vestirse de monjas y desempeñar los oficios y la práctica de San Benito durante todo un día.
En los primeros tiempos, las monjas tenían la costumbre de prestarles sus hábitos negros. Esto parecía profano, y la priora lo prohibió. Solo a las novicias se les permitía prestar.
Es de notar que estas representaciones, toleradas y alentadas, sin duda, en el convento por un espíritu secreto de proselitismo y para dar a estas niñas una muestra anticipada del santo hábito, eran una felicidad genuina y un verdadero esparcimiento para las alumnas. Simplemente se divertían con ello. «Era novedoso; las hacía cambiar de aires».
Cándidas razones de la infancia, que no logran, sin embargo, hacernos comprender a los mundanos la dicha de sostener un hisopo en la mano y permanecer horas enteras cantando a voz en grito frente a un atril.
Las alumnas se conformaban, con excepción de las austeridades, con todas las prácticas del convento. Había cierta joven que volvió al mundo y que, tras muchos años de vida conyugal, no había logrado quitarse la costumbre de decir a toda prisa,