algodón. Es un cetro que termina en un paraguas. De hecho, creo que hoy, con el tiempo que hace, Luis Felipe podría utilizar su realeza en dos direcciones: podría extender la punta del extremo del cetro contra el pueblo, y abrir el extremo del paraguas contra el cielo”.
El cuarto estaba oscuro, grandes nubes acababan de extinguir la luz del día. No había nadie en la taberna, ni en la calle, pues todos se habían marchado «a ver los acontecimientos».
—¿Es mediodía o medianoche? —exclamó Bossuet—. No se ve un burro a tres pasos. Giberota, trae luz.
Grantaire bebía de un modo melancólico.
—Enjolras me desdeña —murmuró—. Enjolras dijo: «Joly está enfermo, Grantaire está borracho». Fue a Bossuet a quien envió a buscar a Navet. Si hubiera venido por mí, lo habría seguido. ¡Peor para Enjolras! No iré a su entierro.
Una vez tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron de la taberna. A las dos de la tarde, la mesa en la que estaban sentados estaba cubierta de botellas vacías.
Dos velas ardían sobre ella, una en un candelabro plano de cobre totalmente verdoso, la otra en el cuello de una garrafa agrietada.
Grantaire había seducido a Joly y a Bossuet con el vino; Bossuet y Joly habían devuelto a Grantaire hacia la alegría.
En cuanto a Grantaire, desde mediodía había dejado atrás el vino, ese inspirador de sueños de tan solo mediana intensidad. El vino goza únicamente de una popularidad convencional entre los bebedores serios. Existe, en efecto, en materia de embriaguez, la magia blanca y la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un audaz