—¡Tu padre! Cosette, tu padre más que nunca. Cosette, lo adivino. Me dijiste que nunca habías recibido la carta que te envié por medio de Gavroche. Debe haber caído en sus manos.
Cosette, fue a la barricada para salvarme. Como tiene la necesidad de ser un ángel, salvó también a otros; salvó a Javert. Me rescató de ese abismo para dármelete. Me llevó sobre su espalda a través de esa cloaca espantosa.
¡Ah! Soy un monstruo de ingratitud. Cosette, después de haber sido tu providencia, se convirtió en la mía. Imagínate, había un atolladero terrible como para ahogarse cien veces, para ahogarse en el cieno. ¡Cosette! Él me hizo atravesarlo. Yo estaba sin conocimiento; no veía nada, no oía nada, no podía saber nada de mi propia aventura.
Vamos a traerlo de vuelta, a llevárnoslo con nosotros, quiera o no, no volverá a separarse de nosotros jamás. ¡Si al menos está en su casa! Con tal de que podamos encontrarlo, pasaré el resto de mi vida venerándolo. Sí, así es como debe ser, ¿ves, Cosette? Gavroche debió de entregarle mi carta. Todo se explica. Lo entiendes.
Cosette no comprendía una sola palabra.
—Tienes razón —le dijo ella.
Mientras tanto, el carruaje seguía su marcha.
V
Una noche tras la cual hay día
Jean Valjean se volvió ante el golpe que oyó en su puerta.
—Pase —dijo con voz débil.
La puerta se abrió.