ministro de la guerra de entonces, el mariscal Soult, que había conocido Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.
Estos viejos marinos, acostumbrados a las maniobras correctas y que no tienen por recurso y guía más que la táctica, esa brújula de los combates, quedan totalmente desconcertados en presencia de esa inmensa espuma que se llama la cólera pública.
Los Guardias Nacionales de los suburbios acudieron apresurados y desordenados. Un batallón del 12.º Ligero llegó a la carrera desde Saint-Denis, el 14.º de Línea llegó desde Courbevoie, las baterías de la Escuela Militar habían tomado posición en el Carrusel; los cañones bajaban desde Vincennes.
La soledad se formó en torno a las Tullerías. Luis Felipe estaba perfectamente sereno.
V
Originalidad de París
Durante los dos últimos años, como hemos dicho, París había presenciado más de una insurrección. Nada es, por lo general, más singularmente calmoso que la fisonomía de París durante una sublevación más allá de los límites de los barrios rebeldes. París se acostumbra muy rápidamente a todo —no es más que un motín— y París tiene tantos asuntos entre manos, que no se alborota por tan poca cosa. Estas ciudades colosales son las únicas que pueden ofrecer semejantes espectáculos. Estos recintos inmensos son los únicos que pueden contener al mismo tiempo la guerra civil y una extraña e indescriptible tranquilidad. Ordinariamente, cuando una insurrección comienza, cuando el tendero oye el tambor, el llamamiento a las armas, la alarma general, se limita a hacer la siguiente reflexión:—