¿Habían gastado los veinte años de guerra la hoja tanto como la vaina, el alma tanto como el cuerpo? ¿Hizo notar el veterano su nefasta presencia en el caudillo? En una palabra, ¿sufría este genio, como han pensado muchos historiadores destacados, un eclipse?
¿Se arrojó al frenesí para disimular ante sí mismo sus facultades disminuidas? ¿Empezó a flaquear bajo la ilusión de un soplo de aventura? ¿Se había vuelto —cosa grave en un general— inconsciente del peligro? ¿Hay una edad, en esta clase de hombres materialmente grandes, que pueden llamarse los gigantes de la acción, en que el genio se vuelve corto de vista? La vejez no tiene presa sobre los genios del ideal; para los Dante y los Miguel Ángel envejecer es crecer en grandeza; ¿acaso es menguar para los Aníbal y los Bonaparte?
¿Había perdido Napoleón el sentido directo de la victoria? ¿Había llegado al punto en que ya no podía reconocer el escollo, ni adivinar la trampa, ni discernir el borde quebradizo de los abismos? ¿Había perdido su facultad de olfatear las catástrofes?
Aquel que antaño había conocido todos los caminos del triunfo, y que, desde la cumbre de su carro de relámpagos, los señalaba con dedo soberano, ¿había llegado ahora a ese estado de estupor siniestro en que podía conducir hacia el precipicio a sus legiones tumultuosas uncidas a él?
¿Se había apoderado de él, a los cuarenta y seis años de edad, una locura suprema? ¿Acaso aquel titánico auriga del destino no era ya otra cosa que un inmenso temerario?
No pensamos así.
Su plan de batalla era, según la confesión de todos, una obra maestra.