la misma labor, la expiación.
Jean Valjean comprendía perfectamente la expiación del primero; aquella expiación personal, la expiación por uno mismo. Pero no comprendía la de estos últimos, la de las criaturas sin reproche y sin mancha, y temblaba al preguntarse: ¿La expiación de qué? ¿Qué expiación?
Una voz en su conciencia respondió: «La más divina de las generosidades humanas, la expiación por los demás».
Aquí se prescinde de toda teoría personal; no somos más que el narrador; nos ponemos en el punto de vista de Jean Valjean y traducimos sus impresiones.
Ante sus ojos tenía la sublime cumbre de la abnegación, el grado más alto posible de la virtud; la inocencia que perdona a los hombres sus faltas y que expía en su lugar; la servidumbre sufrida, la tortura aceptada, el castigo reclamado por almas que no han pecado, con el fin de ahorrarlo a almas que han caído; el amor a la humanidad absorbido por el amor a Dios, pero aun allí conservando su carácter distintivo y mediador; seres dulces y débiles que poseen la miseria de los que son castigados y la sonrisa de los que son recompensados.
¡Y recordaba que se había atrevido a murmurar!
A menudo, en mitad de la noche, se levantaba para escuchar el canto agradecido de aquellas inocentes criaturas agobiadas por los castigos, y la sangre se le helaba en las venas al pensar que los justamente castigados alzaban su voz hacia el cielo solo para blasfemar, y que él, desgraciado de él, había levantado el puño contra Dios.
Hubo una cosa sorprendente que le hizo meditar profundamente, como un susurro de advertencia de la propia Providencia: la escalada de aquel