cazadores. * A cada descarga respondía con un parejo. * Le apuntaban sin cesar y siempre lo erraban. Los guardias nacionales y los soldados se reían mientras le apuntaban. Se tendía en el suelo, se ponía en pie de un salto, se escondía en el rincón de una puerta, luego daba un brinco, desaparecía, reaparecía, huía a la carrera, regresaba, respondía a la metralla enseñándole el pulgar desde la nariz y, al mismo tiempo, seguía saqueando el carretón, vaciando las cartucheras y llenando su cesta. > Los insurgentes, con el aliento cortado por la angustia, lo seguían con los ojos. La barricada temblaba; él cantaba. No era un niño, no era un hombre; era un extraño gamin-hada. Se le habría podido llamar el enano invulnerable de la refriega. Las balas volaban tras él, era más ágil que ellas. Jugaba al escondite con la muerte de un modo espantoso; cada vez que el rostro chato del espectro se acercaba, el pilluelo
Una bala, sin embargo, mejor dirigida o más alevosa que las demás, alcanzó por fin al fuego fatuo de aquel niño. Se vio a Gavroche tambalearse y luego se desplomó en el suelo.
Toda la barricada exhaló un grito; pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el gamin, tocar el pavimento es lo mismo que para el gigante tocar la tierra; Gavroche no había caído sino para levantarse de nuevo; quedó en posición sentada, un largo hilo de sangre le surcaba el rostro, alzó ambos brazos al aire, miró hacia la dirección de donde había venido el disparo y se puso a cantar:
Je suis tombé par terre, C’est la faute à Voltaire; Le nez dans le ruisseau, C’est la faute à …
No terminó la frase. Un segundo proyectil del mismo tirador lo detuvo en seco. Esta vez cayó de bruces sobre el pavimento y no se movió más.